Esta vez no robé

Panamá

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Me da vergüenza invadir el espacio y la vida de los demás, por eso robo.

Robo en lugar de pedir, porque no quiero molestar. Creo que al robarles les molesto menos.

Algunas veces me he sobrepuesto y he obtenido lo que deseaba pidiendo, además me han regalado una sonrisa.

Pero me siento un invasor; para intentar serlo algo menos, robo con la mayor discreción que puedo.

Robo sus imágenes, les saco fotos.

Esta vez pague, disfruté de su música y deposite unas monedas, le pedí permiso para hacerle una foto. Lo hice rápidamente, nerviosamente como siempre. Consciente de que era una foto de poster.

Un regalo, algo mágico, en un lugar mágico. En las ruinas de una ciudad colonial, en el horizonte la línea imponente de rascacielos de Panamá. A veces tuerces una esquina y te sumerges en una novela.

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La línea, de seguridad.

Panamá

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El taxista te dice “solo se puede visitar hasta esa calle”.

Una señora muy amable me pregunta a donde voy, decide acompañarme dando un rodeo.

Un soldado con traje de combate, vigilando la zona turística, me dice que por esa calle no vaya.

Otra señora, en una esquina, me pregunta nuevamente a dónde voy, con cara de preocupación, me sugiere que pasee hacia otro lado.

Cojo un taxi, me comenta el taxista: “con esa pinta de extranjero y la cámara de fotos, he estado a punto de llamarle la atención para que se fuera de aquí”.

Estos son los ángeles de la guarda de un guiri, ingenuo, con ganas de conocer la vida de otras gentes , incapaz de entender que en algunos sitios hay líneas invisibles.

El taxista, me hace una descripción sociológica de la ciudad dónde vive, me siento afortunado por ser su efímero discípulo. Comenta como una de las cosas, más tristes y más tontas, que padecen recientemente es la violencia que se ha arraigado en la juventud de su país, especialmente en algunas zonas regentadas par las maras.

Ese día, paseando por la Ciudad Antigua de Panamá había visto ojos llenos de dignidad, llenos de vitalidad, en un ambiente caribeño. Me es difícil comprender como los hijos de esta gente son atrapados por la brutalidad y la crueldad.

Se están aniquilando los hábitats de muchas especies animales. Muchos hábitats humanos también son machacados. La diversidad humana es asfixiada y muere. Queda la adaptación brutal o la marginalidad brutal. Todos perdemos, algunos ganan (aunque necesitan escolta).

La rebusca

Naturaleza

Las 8:30, son 12, 13 … más, se reúnen en alguno de los prados. Desde las distancia no se puede adivinar que deben hablar entre ellas, pero si se adivina cierto ambiente tertuliano, de esos que nace cada mañana antes de la jornada, en el que después del saludo apetece hablar con los compañeros sobre cualquier cosa, antes de iniciar el trajín de la jornada. Si fueran personas, lo más seguro es que hablasen de fútbol, o de política, o de alguna de las tonterías de la tele.
¿Pero porque se reúnen allí, a que esperan?.
Después de un rato se les puede ver en faena. Un tractor siega o remueve la paja. Ellas como un séquito se sitúan detrás y a su paso se dedican a la rebusca. Se aprecia como atentas van avanzando, mientras  de vez en cuando picotean en el suelo. Sin conflictos cada una toma una posición y se dedica a lo suyo.
Se las ve tranquilas, no intimidadas por las personas, aunque mantienen la distancia de seguridad. Alzan el vuelo si es preciso, pero apenas se las ve volar, lo suyo es un planeo virtuoso, sin apenas gasto de energía dominan el cielo. Parecen veleros, que flotan ingrávidos.
¿Qué recolectan?
Mirada atenta, gran zancada, pese a disponer de un instrumento ciertamente exagerado, parece que lo utilizan con gran precisión. Cada una a lo suyo, en conjunto parece que todas participan en una danza con movimiento en contrapunto.
Los prados de Renedo sorprenden un poco más, gracias a la presencia de las cigüeñas.

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En el siglo XXI

Panamá

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¿Edad Media? No, año 2012.

¿Suplicio? Sí, en aras de la seguridad.

¿Seguridad? No, un paripé.

Unos 20 minutos bajo este suplicio, dócilmente bajo la tutela de los soldados. Es un sistema de seguridad penoso, incluso ofensivo. Cuando zarpa el barco, me quedo sorprendido, veo que todo el mundo se quita estos “salvavidas”, los soldados ya no están.

Un rito ridículo que demuestra que se puede convivir fácilmente con el absurdo. (Isla Grande, Panamá)